Consulado General y Centro de Promoción en Barcelona

Acerca de este Consulado General

Directorio de Asociaciones Argentinas

Emergencias consulares

Gestión de Turnos y Estado de Trámites

Itinerancias Consulares

Sección Comercial e Inversiones

Sección Consular

Sección Cultural

Sección Educación

Voto en el exterior

AGENDA CULTURAL 2019: Inauguración de la muestra "Lux in umbra", de Ariel de la Vega

El jueves 3 de octubre a las 19:00 hs., se inaugurará en la Sala "Islas Malvinas" del Consulado la muestra Lux in umbra, del artista plástico Ariel de la Vega.

La linterna mágica de Ariel de la Vega
La “necesidad interior” de Ariel de la Vega, que Kandinsky señalara como conductora de todo hacer que se precie de tal en el arte, entrelaza los hilos secretos de su urdimbre, encontrando en rostros, figuras, situaciones, su anclaje necesario.
El negro sobre el que irremediablemente trabaja, al que una y otra vez acude llevado por su fuerza oscura al encuentro de su mano, motoriza el despliegue, encuentra allí su campo propicio. Ariel despliega sus hilos y -como el alfarero con el cacharro- teje así, su vacío: lo significa, da cuerpo y existencia; se inscribe en las miradas perdidas, huecas, indiferentes, inasibles…, que deambulan por doquier en sus cuadros y por las que somos envueltos, capturados. Habitando el lado oscuro de la luna, obligado a encontrar su propia luz, teje como contraparte este revés invisible de la trama, el soporte intangible de lo que su noche oscura da a ver.
Invierte lo dado; y como el murciélago, su hacer ciego –como dice la letra de la conocida canción-, repite incansable: “-… del revés estás vos, del derecho estoy yo”. En esa huella se sumerge, (in)mundo recorre sus profundidades, el inframundo y sus misterios que se ofrecen una y otra vez a develar. Ante su propia negritud, elige la eximia mano ser guiada por su Ariadna -como el Dante su pluma por Virgilio- para internarse en la selva oscura. Entre la trama y el hilo, de la Vega, no congraciándose con resultados y propósitos momentáneos, no limitando su trazo al mero contorneo de formas prestablecidas, pre-vistas ideativamente, vuelve allí una y otra vez como si quisiera, suspendido, conviviendo en su morada, insuflarles a sus habitantes su propio aliento. Laberíntica exacerbación lanzada al conjuro de lo que aguijonea nuestra memoria. Lo sereno y apolíneo, donde nuestra mirada parece encontrar un remanso, un sosiego en su obra, pronto nos muestra que -como lo transmitiera el gran poeta Rilke-, efectivamente “la belleza no es nada sino el principio de lo terrible”: sus gráciles cabelleras parecen entonces trastocarse en serpentinos cabellos de Medusa; invaden y horadan rostros y cuerpos -¿también los nuestros?-, conformando la piel misma de la obra un hormigueo infernal. Podemos recordar que también Freud encabeza su famosa "Interpretación de los sueños” con el acápite de Virgilio -“si no puedo mover los dioses del cielo, moveré los del infierno”- y, no siendo seducido por ningún canto de sirenas, le dice a un circunstancial interlocutor “voy al infierno a ser oído, no veo que puede ver Ud. de prometeico en ello".
Ariel nos hace recordar cierto romanticismo primitivo, minucioso, de una sensualidad que sabe no engolosinarse con la manera, con el alambique, para así sostener la sinceridad, la honestidad que trasmite quien quiere que compartamos sin mediación el descenso a nuestros fantasmas, la infinita fantasía real que pone en juego el grano de su sensibilidad. El negro aquí es luz; la línea lo profundiza, lo funda, lo realiza: no hay linterna mágica sin cámara oscura, la piel de sus personajes respira la negritud que los atraviesa e ilumina. El dibujo de la línea hace de ésta una madeja que tan pronto se ovilla como se desovilla, se desenvuelve como una malla etérea, y
cuando pasa de la línea al claroscuro, al juego de luces y sombras, busca el grano, su porosidad, de tal manera que su filigrana hace del plano, superficie; es decir se atraviesa, algo pasa, sobrevuela, pasa un ángel, un ángel caído, arrojado, el pintor.
Los rostros, sus personajes fantasmales, por momentos sepulcrales, agradecidos a la pluma del pintor, parecen decirnos: -Aquí estamos, somos nosotros, su pluma nos devuelve así nuestro lento suceder, nuestra permanencia y nuestro deterioro, nos devuelve muda, la silenciosa desnudez de nuestra danza inmóvil.
Como canta el poeta: “Sólo puedo decir, ahí hemos estado, ni dónde, ni cuánto tiempo;…desprendidos de acción y sufrimiento,…de compulsiones exteriores e interiores, rodeados por una gracia de sentido, una luz blanca quieta y móvil…” (T.S. Eliot, Cuatro Cuartetos).

Germán Gárgano, septiembre 2019 

Fondo argentino de cooperación sur-sur y triangular